A comienzos de febrero se anunció que Panamá se sumaría a la coalición internacional contra el Estado Islámico (EI) y se incorporaría a las comisiones de trabajo que buscan bloquear la financiación del grupo terrorista, así como apoyar misiones humanitarias. Desde entonces surgen algunas opiniones que critican ese paso, y alegan que la postura del país en el ámbito internacional debe ser imparcial, para “no arriesgar el Canal”.

Ante esos argumentos, opino que el EI es un movimiento terrorista, no un país. No reconoce fronteras, Gobiernos, organismos ni ley alguna más que la que ellos imponen, y su enemigo declarado es “la cultura occidental”, de la que Panamá forma parte. Es decir, queramos o no, formamos parte de la cultura que ellos tildan de pecaminosa y enemiga. Precisamente, por el Canal y la relación histórica con Estados Unidos, ante los grupos terroristas siempre hemos sido aliados de su “gran enemigo”. Panamá no tiene que mantenerse “imparcial” ante un grupo criminal que atenta contra las naciones respetuosas de los acuerdos internacionales, con las que sí mantenemos algún tipo de relación. Si el país se mantuviera “imparcial” ante este conflicto, de forma tácita le concederíamos el mismo trato y derechos a esos criminales que, entre otras atrocidades, suben a internet videos que muestran la decapitación de periodistas y trabajadores humanitarios, con fines propagandísticos y de amenaza. Ser imparcial ante esto raya en lo inhumano.

La postura propuesta de “no involucrarnos en temas externos para no ganarnos un enemigo” es contraria a los principios de apoyo recíproco entre las naciones, pues se basa en los principios occidentales de “ayudar al hermano en problemas” que la coalición pretende defender del movimiento terrorista. Si Panamá un día fuese víctima de ataques, querríamos recibir el apoyo de las naciones amigas, no escuchar “prefiero no involucrarnos en su problema”.

Vivimos una guerra mundial contra el terrorismo desde el 11 de septiembre de 2001, que se libra en todas partes, sin fronteras y en las redes. Pretender que Panamá se mantenga “aislado” del conflicto es impráctico, inútil y hasta contraproducente en un mundo hiperconectado.

Si queremos que la posición panameña aumente en relevancia en el ámbito internacional, conviene hacer sentir nuestra voz ante hechos de importancia global y que a todos afectan, de una forma u otra. El momento es bastante propicio, considerando que Panamá será sede del acercamiento histórico entre Estados Unidos y Cuba en la próxima Cumbre de las Américas que se realizará en abril 2015.

Manifestar imparcialidad ante temas de este tipo es contrario a los principios que componen nuestra nación y sociedad; seamos imparciales ante algunos problemas entre los países que ellos bien pueden resolver de forma diplomática o en tribunales internacionales, pero entre una coalición de países contra un grupo criminal que ha declarado ser enemigo de Occidente y de las libertades, aplaudo que no recurramos a un obsoleto “no es mi problema”, sino que participemos del lado que defiende al mundo civilizado.