Para quien vivió muchos años en Brasil y asimiló su cultura y costumbres, el campeonato Mundial de fútbol no es un juego sino una guerra; guerra de bolas en lugar de balas. Esta sensación se obtiene también en el resto del mundo donde este deporte es una pasión.

El humor del jefe, la aceptación plena de la familia de la novia, la felicidad completa del ser humano, pueden girar alrededor de una afiliación a un equipo o el triunfo del mismo.

Ser un auténtico brasileño no te capacita para amar a tu equipo, pero sí para repudiar al contrario.

El que es del Internacional de Porto Alegre, tiene que ir contra el Gremio y viceversa, aunque jueguen contra otro equipo por el campeonato mundial de clubes y representen a su país. El del Flamengo debe odiar al Fluminense. Igualmente, en el ámbito externo se dice que los argentinos serían mucho más simpáticos en Brasil si no jugaran tan buen fútbol. Brasil se prepara siempre para ser campeón y para que Argentina no lo sea.

Bueno, esta época de juego es también de gran tensión.

Los más de 100 millones de directores técnicos que hay en Brasil tienen su propio equipo seleccionado, que siempre será mejor que el de Dunga o el que le siga. Hay ambiente de guerra en cada juego. Descartada su participación en las finales, todo mira automáticamente al año 2014.

Yo deseo seguir la fiesta y estoy entre Holanda y España, dos tierras de mis antepasados.

Pero me quedo con España. Llego a la conclusión de que el color amarillo de las banderas de ambos países provino de la casa de los Habsburgo de Austria, de donde originaron Felipe el Hermoso (cuyo hijo Felipe II incorporó el amarillo en la bandera) y la reina Leopoldina de la casa Habsburgo también) esposa de el rey don Pedro I de Brasil, y por quien se incluyó el mismo color en la bandera de su reino. Con esta excusa histórica, verídica y convincente, hoy remaré por la selección de España, a mi juicio, secuencia hermanada de la canariña del Brasil.