Ante los cambios tan dramáticos que marcan la época actual, Panamá se está quedando atrás. Lamentablemente, los dirigentes locales se han abstraído por completo del propósito legítimo de insertar a la Nación en la presente dinámica internacional, y sacarle el mayor beneficio posible. El mundo está cambiando a pasos agigantados y se están produciendo alteraciones en todas las actividades humanas. La inserción en sí es difícil, pero peor lo será para quienes -países y personas-, por falta de visión e inoperancia, queden al margen de esa realidad. Resulta paradójico que se desperdicie la experiencia cosmopolita y abierta de Panamá en un periodo de la humanidad de mayor comunicación e interdependencia. No se está aprovechando la vocación histórica y geográfica del país. La integración económica con los vecinos, que es un imperativo sobre todo para naciones pequeñas, marcha a desgano y a pasos lentos. La inserción internacional no es un asunto que quite el sueño a los dirigentes panameños. El de hoy es un país sin iniciativa, a remolque, con un sistema educativo atrasado y carente de creatividad; que desconoce su relevancia estratégica en un mundo globalizado, y que hace poco por salir beneficiado de las oportunidades que acompañan los cambios. Es una peligrosa falta de sintonía con el mundo internacional, que nos puede costar muy caro.