Llorada su muerte, ha llegado el momento de decir que nunca me atrajo el estilo de Olga Guillot. Eso no quiere decir que no la considere una de las grandes intérpretes de bolero de todos los tiempos. Los buenos boleristas tienen que morir de un ataque al corazón, como ella, o de lo contrario echan a pique su leyenda. Guillot fue fiel a su mito hasta el final. Un mito que está hecho de trozos de realidad y remiendos de fantasía.
Había nacido en 1922 en Santiago de Cuba, patria chica del bolero, y se trasladó desde niña a La Habana, donde empezó a cantar en programas radiales con su hermana. Estaba predestinada a los escenarios que luego pintó magistralmente Guillermo Cabrera Infante en su novela Tres tristes tigres. Compartió micrófono con Isolina Carrilo, autora de ese himno deliciosamente cursi de los enamorados que es el bolero Dos gardenias.
Fue famosa en La Habana de mitad del siglo XX, entre rumbas, tragos de ron, cabarés, amores y pasiones de madrugada. Pero en esas llegó Fidel y muchos artistas se marcharon al exterior. Una de ellas fue Guillot, que recaló primero en Nueva York, después en una prolongada gira por América Latina, en México y La Florida.
El asunto mío con Olga Guillot es más personal, y se puede resumir en una sola frase: no entiendo por qué decidió convertir la interpretación del bolero en un género dramático. A Olga Guillot no bastaba con oírla cantar. La voz decía mucho con sus énfasis, sus pausas, sus gemidos, sus lamentos. Pero su actitud histriónica subrayaba lo que la voz decía: agitación en las manos, gestos de dolor en el rostro, brazos alzados, boca temblorosa, ceño apretado.
A este estilo, que deja poco a la imaginación del público y reúne en una sola pieza de tres minutos música, vocalización, teatro, mímica y un poco de gimnasia se llamó “desgarrado”. Tiene algunos imitadores y muchísima acogida. Su vehemencia fue una especie de venganza al servicio de mujeres maltratadas por sus maridos y su manierismo llegó a despertar en algunas personas sentimientos de odio, desquite, posesión y desprecio.
Con ella nació una escuela de interpretación del bolero y que esa escuela es capaz de producir emociones intensas. Mi apreciación del bolero es distinta a la de la dama que acaba de fallecer en Miami. Otorgo el protagonismo a la canción en sí –letra y música- y no a quienes la interpretan. Un buen bolero debe transmitir sentimientos que el intérprete no tiene por qué reemplazar ni subrayar mediante una obra de teatro. El bolero habla al oído, cuchichea desde la penumbra, se queja con susurros, declara amores con ternura, protesta quedamente mientras sorbe en silencio las lágrimas de la decepción.
A Olga no le bastaba con eso. Ella quería que el bolero gritara, diera alaridos, se encrespara airado, bramara y exhibiera su iracundia, su fragoroso descontento. Por eso inyectaba sus interpretaciones con rasgos y gestos bastante obvios que muchos interpretaron como el asomo de un erotismo que había permanecido atenuado hasta su llegada a los escenarios. La gran Guillot utilizó ademanes y énfasis propios de la ranchera o el tango, no del bolero, y lo convirtió en un género dramático. Y ahí se equivocó porque el bolero no es un drama gritado sino una silenciosa tragedia personal.