De “grande” nos dice el Diccionario de la Real Academa Española de la Lengua que proviene del latín grandis, y que es un adjetivo que describe a (algo o alguien. También nos da otra acepción que indica que se dice de una persona de edad avanzada, y nos termina de formar criterio con otras acepciones: “Dicho de una persona: De edad avanzada.”; o “abundante y numeroso”, o califica a un “prócer, magnate, persona de muy elevada jerarquía o nobleza”.

Esto último me recuerda a mi infancia, cuando leía a Alejandro Dumas y las hazañas de sus mosqueteros Atos, Portos y Aramis, y por supuesto, del “escuincle” (palabra viene del nahua itzcuintli, perro sin pelo) o “persona que está en la niñez”. Y por supuesto, el escuincle de turno era D’Artagnan, el jovenzuelo impertinente que decidió unirse a los mosqueteros del rey, de los que en un momento su propio padre fue familia. Pero con la mala leche del joven D’Artagnan según la versión de la peli, porque no recuerdo bien el libro que leí hace más de diez décadas.

Sí, sí, prematura, porque he de confesar que por los mismos tiempos, cuando mis compañeras estaban leyendo pasquines de Archie, yo estaba enrollada con Dumas, con Daphe du Maurier y sus picardías, y con las no menos picositas serpientes emplumadas de D. H. Laurence.

Y afortunadamente la señora Wolf, la bibliotecaria de esos salones con su olor a papel y a cera de pulir, y a líquidos de limpiar, que emanaban de cada poro de la biblioteca de Balboa, no me permitió sacar El amante de Lady Chatterley por lo menos hasta que me vio convertida en algo que razonablemente pudiese pasar como una “damisela”. Ja, pobre señora, si se enterase de que todavía, de damisela poco tengo.

Pero, bueno. Por aquellos tiempos, mi papi tenía a un gran amigo, que se llamaba el tío Pingüino. Como a los 12 años fue que me enteré del nombre real del señor, que no era sinónimo de ave nadadora antártica. Simplemente, las familias eran amigas de toda la vida, y ese señor, como era un poco chaparrito para su edad, siempre se tenía que enfrentar ante los bullies (socarrones atormentadores de aquellos que existen en cualquier colegio) de su escuela. Así que papi y sus hermanos se encargaron de enseñarle a boxear al tío Pingüino, ya que en aquellos tiempos no se conocía, por este burdo continente incipiente, las sofisticadas artes del karate o del kung fu o del sillat.

Pero vuelvo y prosigo: el DRAE también trae una segunda acepción de “grande”, esta vez calificado como “Grande de España” que define como “persona que tiene el grado máximo de la nobleza española y que antiguamente podía cubrirse delante del rey si era caballero, o tomar asiento delante de la reina si era señora, y gozaba de los demás privilegios anexos a esta dignidad.”

Pues, el tío Pingüino no era grande, pero tampoco era chiquito: “Usar contemplaciones, pretextos, subterfugios o rodeos para esquivar o diferir, ya una medida, ya una obligación (DRAE dixit). Y años después conocí bien a los hijos del tío Pingüino y su fabulosa Gloria, y ninguno era chiquito. Han sido gente de grandeza espiritual. A la hija del Pingüino se la llevó una enfermedad hace una década, y luego quedaban tres varones.

Este fin de semana, uno murió en un accidente aéreo. Nunca pretendió ser “grande” porque iba por la vida como un hombre corriente, humilde, sin tontas pretensiones y sin ufanarse. Francamente, fue un tipazo, y aunque tenía años de no saber de él, me ha impactado muchísimo saber que ha dejado nuestro plano de existencia. No era grande, no era chiquito, era simplemente él, y ojalá existiesen más cortados con la misma tijera.

Porque lo extraño y creo que toda la vida voy a extrañar a un hombre que sin mucha pompa fue un ejemplo de humanidad de la más linda. Nació un 7 de enero de 1956 y nos abandonó este 17 de diciembre: nos enseñó que se puede ser grande y chiquito a la vez, sin aferrarse a etiquetas, pero que grande y, o chiquito, se puede ser un ser humano formidable sin estarlo predicando a los cuatro vientos.