Hace algunas semanas vimos con estupor lo sucedido en el Centro de Cumplimiento de Menores en donde fallecieron cinco jóvenes. Cuando pasaban las crudas escenas por la televisión, recordé un paradigma “educa al niño y no castigarás al hombre”; sin embargo, lo he parodiado –por la expresión de un amigo– “educa al niño y no llorarás al hombre”.

Son muchas las voces que se han alzado en contra de esos sucesos, que nunca debieron darse en un mundo civilizado del siglo XXI. Desde el Sr. presidente Ricardo Martinelli hasta la ministra Roxana Méndez expresaron sus condolencias y su compromiso de que esto jamás volverá a suceder. Debemos ser conscientes de que detrás de cada joven hay una historia y es ahí adonde deseo llegar: hay que educar al niño.

No se trata solo de un problema de su formación académica, sino de valores y ética; cómo aprender en un hogar en el que hay problemas de hambre, de alcoholismo o drogas; en el que los padres están desempleados y salen a buscar cómo llevar algo a la boca. Esto me hace recordar la novela Roberto por el buen camino, de Rose Marie Tapia, en la que se narra que Roberto delinquía porque su madre era drogadicta y sus hermanos no tenían qué comer; y él encontraba en las pandillas un escape para tantos problemas. Este fenómeno socioeconómico continuará si no terminamos con esos cercos de hambre y pobreza extrema.

Escuché que los crímenes tan horrendos que se cometen en México eran el resultado de una sociedad como la que tenemos hoy en Panamá. De niños que crecieron en la pobreza, en condiciones inhumanas y hoy son hombres crueles que matan a diestra y siniestra. La historia es una gran maestra, pero somos pésimos alumnos.

Debemos aprender de los errores en otros países y cuidar a nuestros niños. Panamá es un país cuyos habitantes se han caracterizado por ser pacientes, humanos y con grandes cualidades; sin embargo, hoy navegamos en una espiral de violencia. Es un gran reto el que tenemos. Es un problema que debe analizarse desde todos los ángulos: sociales, económicos, educativos, con el apoyo de todos los sectores. La violencia debe considerarse un problema de Estado, en el que se involucre a todos los actores que coadyuven a salvar a nuestros niños . Debemos sacar de las garras de la delincuencia a estos jóvenes que, en ocasiones, son producto de un sistema que no los ayuda.

No se trata solo del dolor de esas madres, sino de aquellas que han perdido a sus seres queridos a manos de estos infractores, por eso, debemos aunar esfuerzos para sacarlos de ese mundo ingrato e inhumano. Es primordial hacer un censo de cómo viven esos menores y ver cuáles son sus necesidades económicas, psicológicas y sociales. Aunemos esfuerzos por una sociedad libre de violencia.