Las películas de Serie B vinieron al mundo en la década de 1930 en Hollywood, cuando el crack económico mundial llevó a que se rodaran muchas películas, pero no tantas con presupuestos holgados, pues la plata no es que brotaba.

Se quería hacer cine para una audiencia pobre y necesitada de buena vibra evasiva y se optó por dividir la producción en dos grandes secciones: A y B.

Las A estaban conformadas por aquellos títulos de presupuestos elevados, actores y actrices reconocidos y directores de renombre, con factura del buen gusto por delante.

Las B eran hechas con fondos ínfimos (que se notaba bastante en su puesta en escena), con intérpretes que solo en sus casas conocían y donde había ciertas licencias relacionadas con violencia, sangre y sexo.

Fueron las películas de Serie B con las que se comenzó la costumbre en Estados Unidos de proyectar dos títulos por el precio de un solo tiquete, tradición que cuando yo era niño disfruté en mis cines de barrio: El Dorado, Variedades, Edison, Amador y Central.

El director Robert Rodríguez también fue niño una vez y disfrutó con las películas de Serie B.

Vio cantidades industriales de películas firmadas por George Stevens, Richard Fleischer y George Corman, entre otros.

Desde la primera película de Rodríguez, El Mariachi (1992), pasando por Desperado (1995), Abierto al amanecer (1995), Érase una vez en México (2003), Grindhouse (2009) hasta Machete (2010), se nota su gusto por la Serie B.

Machete tiene sus pro y contra. A su favor, es que brinda una punzante crítica a ese sector reaccionario de la sociedad estadounidense que siente aversión por los inmigrantes; además acusa a los políticos y a los medios de comunicación por ser gestores de un odio irracional y un racismo absurdo hacia aquel que no es caucásico, lindo y rico.

También divierten los guiños cinematográficos que brinda Rodríguez en varias de sus escenas. Su reparto es variado (Robert De Niro, Jessica Alba, Steven Seagal, Michelle Rodríguez, Lindsay Lohan, etc.) y hace lo necesario para no perder su encanto.

Su violencia es irresponsable y seductoramente entretenida. Su cuota de machismo y el mal gusto es llevado a alturas inimaginables, aunque con resultados jocosos. Es como ver un videojuego donde lo único que importa son los cuerpos mutilados y uno lo disfruta y luego se siente avergonzado después de la gozada.

Lo negativo de Machete, es que a su argumento se le acaba el combustible a mitad del segundo acto y cae en una espiral de reiteración e incoherencia.

Sus personajes son meras caricaturas, sin mayor fundamento psicológico.

Robert Rodríguez apela al facilismo narrativo, a chicas guapas medio desnudas y a miles de litros de sangre derramadas para decirnos que los fascistas son los estadounidenses, pero su personaje central no está lejos de aquellos a los que critica.