Hace cosa de un siglo, cuando yo empecé en este oficio, era obligatorio acudir al trabajo con traje formal y corbata. Unos cuantos añadían chaleco, ligas para las medias, mancornas y hasta pisacorbatas. Los pesimistas usaban, simultáneamente, tirantas y cinturón. En ciertas universidades el portero devolvía a los estudiantes que no vistieran como magistrados. Había pichones de abogado cuyas familias los disfrazaban de doctores desde los ocho años para que se acostumbraran.
Y entonces llegaron los años 1970, con ese espíritu fresco y libertario que impuso la revolución sexual, y los miembros de esa generación dejaron la corbata y lucieron jeans. Los hijos y los nietos de aquellos liberadores aún ignoran que deben a ellos los atuendos de vaquero.
Ganada la guerra de los bluyines, que abrían la puerta a la comodidad, la resistencia y la economía, se empezó a echar en falta una prenda. Habían sido durante años el equivalente de la ropa deportiva, empleada solo para salir al campo o jugar en el colegio, y ahora se volvían sustituto del pantalón planchado, en vestido habitual de aulas y oficinas.
Si correspondía buscar una indumentaria de características deportivas, lo lógico era examinar a los deportistas. En ese instante descubrimos la sudadera.
Cuando no vestían pantaloneta y camiseta, los futbolistas lucían unos atavíos estupendos. Eran completos: pantalón y buzo compañeros; eran cómodos: sueltos, amplios y prácticos: tenían bolsillos, habían sido fabricados en materiales impermeables, podía ajustárseles una capucha; eran bonitos: los había de vistosos colores o de discretos tonos.
Daba envidia ver a los entrenadores de fútbol y de baloncesto luciendo sus sudaderas mientras muchos espectadores acudían con corbata y zapatos al estadio.
Fui de los que celebraron el advenimiento masivo de la sudadera. Sus usuarios empezamos a tomarnos calles y edificios. Sonrientes. Triunfantes. No alcanzamos a calcular que los modistos de varones estaban sufriendo un gran revés artístico.
Las cosas empezaron a voltearse justo cuando toda clase de gente acudía a toda clase de actividades en toda clase de sudaderas. Millones de ciudadanos paseaban al perro, acudían a centros comerciales y dormían vestidos con sudadera.
Pero este mundo, siento decirlo, no está preparado para la igualdad. Por eso no tardaron en aparecer los que consideraban la sudadera vulgar. Ciertos ejemplares de la clase media, temerosos de que los clasificaran como bastos, fueron los primeros en regresar al maldito paño.
Poco a poco la gente los imitó, y pronto soliviantaron a los jefes de personal, una casta de personajes que suele proyectar sus ímpetus dictatoriales a través de memorandos impetuosos: “En adelante, queda terminantemente prohibido presentarse al trabajo en sudadera”...
El puntillazo lo asestaron los grandes modistos. Con habilidad y a base de repartir muestras gratis convencieron a los futbolistas y entrenadores de que vistieran corbata, zapato de charol y traje de paño de fino diseño, dizque para “enaltecer el deporte”. Ahora vemos a un Valdano, un Guardiola, un Capello y sus jugadores con ropas de magistrado. En cambio, los dueños de sudadera arrastran una especie de temor de hacer el ridículo.