Ben Hecht, el famoso guionista estadounidense, dijo una vez que “intentar determinar lo que está ocurriendo en el mundo leyendo periódicos es como querer saber la hora mirando solo el minutero del reloj”. La frase ilustra los innumerables debates que giran en torno al periodismo en su aspecto más esencial, que es la formación y el desarrollo de una conciencia ciudadana –local y global– a través de una descripción honesta y transparente de la actualidad. En concreto, es una reflexión sobre los límites que experimenta el periodismo y quienes lo practican a la hora de trascender los detalles del aquí y el ahora. La discusión de estos límites es más vieja que el propio Hecht –que murió en 1964-, pero se hace cada vez más relevante en un mundo en el que cada suceso –de Gaza a Ucrania y el MH17– abre un nuevo frente en lo que parece ser una gran guerra propagandística que solo aumenta en sofisticación e intensidad.
El periodismo y sus problemas
Las palabras de Hecht no deben ser tomadas como una crítica, sino como una aclaración. Para entender por qué es necesario comenzar por nuestra propia naturaleza. El ser humano vive obsesionado con el futuro, el lugar desconocido hacia el que avanza sin pausa ni opción. Para lidiar con esa incertidumbre, entiende instintivamente que la clave de lo que sucederá reside en la interpretación correcta de lo que ha sucedido. Esa noción representa la base de todo conocimiento empírico, cuya acumulación hace de nuestra experiencia en el mundo lo más predecible posible (desde ingerir alimentos hasta esperar en un semáforo).
El periodismo no escapa a esta obsesión. De hecho, es una expresión de ella: su existencia está basada en la premisa de que podemos mejorar el futuro si conocemos el pasado. El problema, sin embargo, es que la prioridad del periodismo –en su forma más pura– no es ni el pasado ni el futuro sino el presente, que –impulsado por la flecha del tiempo– exige una atención total. La consecuencia inmediata es que al gozar de muy poco tiempo (y espacio) para mirar hacia atrás el periodista debe conformarse con explicaciones cuya superficialidad aumenta con la frecuencia de publicación. Y esto, inevitablemente, trae como resultado una pobre capacidad para dar significado a los eventos y explorar sus posibles consecuencias, cosas que forman parte fundamental de lo que significa “determinar lo que está ocurriendo en el mundo”.
Pero no es solo su fijación con el presente lo que limita al periodismo. El periodista es un narrador y sufre de las limitaciones inmanentes a la manera como contamos historias desde la época de las cavernas. Las metáforas, los lugares comunes, las analogías, la escogencia de palabras y hasta las reglas de estilo, si bien ayudan a la comprensión del mensaje, también reducen gradualmente su veracidad y, sobre todo, le dan a cada historia una dimensión moral. Los ejemplos abundan, de “primavera árabe” a “fiesta electoral”, pasando por los “grupos terroristas” y los “políticos moderados”.
Quizá por eso, el periodismo suele cometer dos grandes errores que resultan fatales para interpretar la realidad e imaginar el futuro: el primero es depender primariamente de fuentes humanas, lo que lo condena a basarse en las cosas que se dicen y no en las que se callan, por más obvias que sean. Eso, a su vez, resulta en un periodismo centrado en temas como democracia, derechos humanos y otros valores –morales y dicotómicos– que suelen tener muy poco que ver con las verdaderas motivaciones de los gobiernos y otros actores relevantes. En otras palabras, el periodismo en su forma clásica está hecho para describir el mundo como sus fuentes lo describen, y no como en realidad es.
Periodismo y geopolítica
Pero nada de eso significa que el periodismo es incapaz de transmitir e interpretar un mundo más ajustado a la realidad. En este sentido, la geopolítica constituye una herramienta potentísima. Al identificar aquellas cosas que son eternas, aquellas que son de larga duración y aquellas que son transitorias, ayuda al periodista a resolver el dilema entre pasado y presente. Al darle importancia a factores impersonales como la geografía, la demografía, la historia, la tecnología y la economía, no solo pinta un panorama más completo de la realidad sino que establece límites claros para la acción humana.
Cuando el periodismo se combina con geopolítica, los individuos ya no importan tanto. Las fuentes ya no pintan el mundo que quieren sino el que los condicionantes impersonales les permiten. Y eso facilita la elaboración de ciertas predicciones. Es a través de la geopolítica, por ejemplo, que podemos pronosticar que el canal de Nicaragua no se va a completar sin colaboración estadounidense porque solo Estados Unidos tiene la capacidad de ejecutar –y defender– un proyecto de esa naturaleza en el Caribe. Eso es algo que ningún individuo nos va a decir, pero que el mapa muestra con extrema claridad.
La geopolítica, escribió Robert Strausz-Hupé, es “el estudio del espacio y el poder”. La amoralidad inherente a esa definición la hace incómoda por naturaleza, pues sus deducciones suelen ir en contra del sentido común y la moral convencional. Por ejemplo, en 1981 Kenneth Waltz sostuvo que la proliferación nuclear era un mejor camino hacia la estabilidad y la paz internacional que el desmantelamiento de los arsenales. A pesar de ir en contra del espíritu anti proliferación, su tesis aún no ha sido refutada.
El mundo que asoma detrás de ejemplos como el anterior es radicalmente distinto al descrito por el periodismo clásico. Debido a que pasamos la mayor parte de nuestras vidas en entes políticos estables –democráticos o dictatoriales-, solemos extrapolar ese orden al sistema internacional. Por eso, los que denuncian la “pasividad” de la ONU ante lo que sucede en Gaza y los que sospechan que todo es parte de una conspiración secreta representan dos caras de la misma moneda: ambos creen que alguien está, o debe estar, en control de la situación mundial. La geopolítica, sin embargo, apunta en otra dirección: el sistema internacional es anárquico y lo ha sido siempre. Y aunque se puedan hacer ciertas predicciones, el mundo es demasiado grande y complejo para que alguien lo pueda controlar. El pánico que esta idea pueda causar no le resta un ápice de veracidad.
Factores geográficos
La incomodidad que causa la geopolítica proviene de su reconocimiento de factores inmutables –personales e impersonales– que condicionan la realidad humana. Entre los impersonales reina la geografía, que “no discute, simplemente es”, en palabras de Nicholas J. Spykman. “Los ministros van y vienen, incluso los dictadores mueren, pero las cordilleras permanecen imperturbables”.
La geografía es quizá el elemento más incómodo de cuantos rodean a la geopolítica. Los mapas, escribió Robert D. Kaplan, “constituyen un reproche a las nociones de igualdad y unidad, pues nos recuerdan los distintos ambientes del planeta que hacen a los hombres profundamente desiguales y desunidos”. Su uso es tan poderoso que el determinismo –el descarte de todos los demás factores– está siempre a la vuelta de la esquina. Fue el determinismo geográfico –especialmente su uso por los nazis– lo que estancó el estudio de la geopolítica por décadas. Y eso, combinado con la hegemonía estadounidense, los avances tecnológicos y la globalización, llevó a la creencia popular –impulsada por el periodismo- de que la geografía había sido vencida como factor significativo en el destino de las naciones. El mundo, sin embargo, ha demostrado lo contrario. Situaciones como la de Ucrania son imposibles de entender sin considerarla, algo que será más común a medida que China y otras potencias continúen su ascenso geopolítico.
Los mapas, no obstante, no son bolas de cristal. El uso de la geografía debe ser complementado con el estudio de la capacidad humana para adaptarse a ella. Pero, por encima de todo, debe estar subordinada siempre a la impredictibilidad de los individuos. Esta subordinación, a su vez, debe ser proporcional a la escala temporal del análisis. La Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, es imposible de entender sin considerar a Adolf Hitler. Por el contrario, la historia europea desde 1871 ha girado en torno a Alemania y su lugar en el balance de poder continental, una dinámica para cuya comprensión no hace falta considerar individuos particulares.
El ingrediente humano
Dado que el periodismo se centra en el presente, los individuos seguirán jugando un rol fundamental para quienes lo practican. Pero los individuos, en realidad, no son tan impredecibles como parecen: lo primero que hay que saber sobre ellos es que viven –vivimos– con el corazón atravesado por el dilema entre el amor por lo propio y el amor por lo adquirido. Desde que la Ilustración europea –liderada por el protestantismo– elevara la conciencia al pináculo de las facultades humanas hace 500 años, la historia del mundo ha estado definida por la tensión entre las obligaciones obtenidas por virtud de nacimiento –familia, comunidad, nación– y las adquiridas por decisiones conscientes, manifestadas principalmente en términos ideológicos. El mundo de hoy, de hecho, es un híbrido de ambas fuerzas: está compuesto por naciones –manifestaciones políticas del amor por lo propio– que permiten grados variables de libertad civil, política y religiosa.
La naturaleza humana, por supuesto, es muchísimo más compleja que una simple batalla entre sangre y razón. Para entender a los individuos es necesario comprender también el concepto de lugar, y cómo este determina las actitudes de las distintas comunidades hacia el mundo que las rodea. Todos estos comportamientos están, a su vez, moldeados significativamente por el miedo (a la otra nación o a la otra comunidad), que determina gran parte de la realidad de cualquier grupo humano.
Finalmente, es imposible hablar de individuos y sociedades sin hablar de divisiones internas, entre las que se destacan, sobre todas las cosas, las clases socioeconómicas (con todo lo que acarrean al interactuar con los factores anteriores). El nivel de riqueza de un individuo lo hace más o menos dependiente de la comunidad en la que vive. Los ricos, por ende, suelen tener más en común entre ellos –sin importar fronteras físicas o culturales– que con sus compatriotas pobres.
A medida que el mundo se va haciendo más complejo, el periodista deberá incorporar todos estos conceptos y factores en su trabajo si quiere ayudar al lector a “determinar lo que sucede en el mundo”. Para el lector, por otro lado, será crucial entender que ningún periodista podrá reemplazar las fuentes donde realmente residen las claves para entender al mundo y sus habitantes, que son las grandes obras de literatura. Desde la Ilíada –que habla de guerra, diplomacia y el orden político en sí– hasta Romeo y Julieta –que retrata a la perfección el dilema entre el amor por lo propio (familia) y lo adquirido (amante)–, los grandes clásicos seguirán descubriendo los contornos de un mundo que, bien analizado, no es tan impredecible, incomprensible ni cambiante como lo solemos pintar.

