El domingo, de forma casi coincidental con los otros días de la semana, tiene 24 horas en las que se pueden hacer tantas cosas.... Es un pequeño terreno idílico de libertad donde quitarse las ganas de nada de la semana, o también las ganas de todo.

Falta ver el grado de organización de cada uno para estirar mezquinamente todo lo posible y darle la vuelta al día en 80 mundos, como decía nuestro entrañable Cortázar, o hacer un campeonato de 1000 metros en hamaca, si eso fuera lo deseado.

Una de las razones por las cuales siempre me han gustado las películas, es porque siempre las he considerado un momento de vacaciones de ese cerebro necio y con látigo que lo mantiene a uno atado a proyectos, problemas y recuerdos.

Y hay que dejar claro que no es que el cine no haga pensar, sino que la hermosa suspensión de la incredulidad que provoca conjuga proyectarse uno mismo en otra realidad ficcional, a la vez que uno para el cassette propio.

Esto es valido tanto para el cine chatarra como para el cine de arte: uno se tira en algún lugar, y deja todo de lado para abrirse a esa invasión de los sentidos que es lo audiovisual, ya sea en velocidad slow, medium o fast según la cantidad de neuronas que pida la película.

Ciertamente el mejor lugar no sería en casa, porque como decía Miguel Litín, “los cines son el templo de las películas, porque para soñar hace falta oscuridad”. De modo que ir al cine da el valor añadido de que la ficción no tenga frontera gracias al abrazo entre la noche y la pantalla. Tan importante como la película está cumplir con el placer gregario de estremecerse, reír o llorar en comunidad, además de oler, y comer pop corn como parte del cuidadoso ritual.

Hasta hace poco casi no veía películas en la TV por el atropello que es la publicidad, pero la diversificación del cine a la carta, por streaming está abriendo muchas posibilidades, domingueras o no.

Pero no me acorralen a decidir entre ¿cine o Cabrera Infante? porque un domingo, como los otros días, da para eso y más.

La autora es gestora cultural