Aunque proviene del paracaidismo, al que recuerda por su forma, ha evolucionado de manera diferente, hasta el punto de tener muy poco que ver con él y sí mucho con el ala delta y otras formas de vuelo libre.

Con el parapente se llega a recorrer distancias de más de 100 kilómetros y alcanza alturas de varios miles de metros. Además, al estar hecho de tela, se puede guardar en una mochila que cabe en el maletero de un auto, lo que lo hace el artilugio volador más sencillo y ligero.

Como todas las modalidades de vuelo libre, al no tener motor se depende de la meteorología, sobre todo del viento, y también de la forma del terreno. Así que vuela cuando se pueda y donde se pueda.

Se dan condiciones buenas la mayoría de los días del año. Hay numerosas zonas adecuadas para volar, algunas de ellas muy lejanas, y hay que desplazarse hasta esos lugares.

El parapente es una estructura de tela con un perfil similar al ala de un avión, que es lo que le hace volar. Está unido por medio de cuerdas a un arnés, que una vez en el aire permite sentarse. Y unos mandos llamados frenos van en la parte de atrás y permiten girar y controlar la velocidad.

No es un deporte donde se haga mucho esfuerzo físico, por lo que no es necesario tener una gran forma, a menos que se practique a un alto nivel o en competición. Lo puede practicar cualquiera. Tampoco hace falta ser un chiquillo; en el parapente se ven muchas canas. El miedo a las alturas no es bueno para el vuelo.

Es un deporte de riesgo y por tanto conlleva un peligro. Pero no tanto como puede parecer desde fuera. Y es menor que en otros deportes y actividades.

Es necesario seguir un curso impartido por instructores titulados. Para volar con seguridad hace falta una preparación teórica mínima sobre los tráficos de aproximación, los vientos, las técnicas de pilotaje, los incidentes que pueden presentarse, y la manera de resolverlos, así como una preparación técnica.

El autor es un parapentista costarricense